CERTEZAS EN RUINAS

El arte de desconfiar de tu propia mente PRÓLOGO: La Trampa de Estar Seguro Usted sostiene este libro con la certeza de que sus manos son reales, de que el suelo bajo sus pies es firme y de que sus recuerdos son crónicas fieles del pasado. Permítame ser el primero en decirle: se equivoca. Lo que llamamos "realidad" no es más que una alucinación controlada, un borrador apresurado que nuestro cerebro edita en tiempo real para que podamos sobrevivir, no para que comprendamos la verdad. A lo largo de los años en Cerebro Diario , nos hemos dedicado a hurgar en las costuras de esa alucinación. Hemos descubierto que la memoria es una mentirosa profesional, que los sentidos son filtros defectuosos y que nuestra lógica es esclava de sesgos que ni siquiera sabemos que tenemos. Este libro no es una guía de autoayuda; es una demolición controlada. Al pasar estas páginas, verá cómo se evaporan las seguridades que le daban confort. No buscamos darle nuevas respuestas, sino dejarle con mejo...

Día 18. Ignorar la violencia o extinguirnos.

La indiferencia como método para producir cambios debería ser analizada con una visión general y otra individual.
La práctica de la indiferencia por la sociedad serviría para ignorar las conductas de los poderes con un accionar no apropiado para la misma sociedad, siendo más efectivo que la desobediencia civil y la no violencia.
Cuando un poder cualquiera realiza actos contra la voluntad del conjunto de la sociedad o contra un sector de la misma y ésta interpreta que esos actos son perjudiciales, sería necesario ejercer el derecho a la indiferencia social, esto es, actuar tal y como si esos actos emanados del poder no existieran, como si quien los efectuó no existiera y como si quienes los aceptan no existieran.
Ser indiferentes a todo lo relativo al tema, no colocarse frente a ellos, no oponerse, no intentar modificarlos, simple y llanamente, ignorarlos.
Las consecuencias por ser indiferentes a esos actos también tendrán que ser ignoradas, hasta el límite de finalizar ignorando al propio poder si éste insistiera con la aplicación de aquéllo que nos es indiferente.
No corresponde más a un ser humano evolucionado enfrenterse a aquello que considera un disvalor, un perjuicio, una injusta imposición o una política interpretada como errónea. La etapa del desarrollo nos impone ignorar el hecho, al que intenta efectivizarlo y todo lo relativo al tema.
Ahora bien, aplicando esta teoría a los individuos y considerando que por ella el ejercicio de la violencia debe hacernos indiferentes a la misma y, especialmente, al violento, segregándolo, dejándolo fuera de todas nuestras consideraciones, aislándolo, tendríamos que aprender a no oponer violencia a la violencia, sino ignorarla.
La indiferencia no consiste en mantenerse pasivamente en el sitio en que se produce el hecho que queremos ignorar, sino que consiste en no darle ninguna entidad, hacer como si no existiera, como si quien lo realiza no estuviera, continuando con nuestra actividad sin tenerlo en cuenta.
La reacción lógica ante un hecho de violencia es ejercer la defensa, sin embargo, aplicando la teoría de la indiferencia, se podría continuar de manera normal con nuestra actividad sin prestarle atención alguna al violento, haciendo como si no existiera.
El poder que emana de un arma colocada frente a nosotros, utilizada para hacernos hacer algo contra nuestra voluntad es un hecho violento que nos paraliza y nos determina a acatar lo que indica quien posee el arma por la influencia del instinto básico de supervivencia que naturalmente tenemos. Ahora bien, supongamos que actuamos de forma indiferente, o sea, seguimos actuando como si el arma no estuviera frente a nosotros y como si el que tuviera el arma no estuviera allí, ¿cómo reaccionaría el violento?, seguramente ejerciendo mayor violencia intentando imponerse a nuestra voluntad, pasando incluso a la agresión física. ¿Podríamos ser indiferentes ante ello? Probablemente no. Nuestra naturaleza obligaría a que tuvieramos algún tipo de reacción.
Es primitivo entonces, por naturaleza propia, reaccionar a un hecho de violencia ejercido contra nosotros, protegiéndonos o atacando al atacante. Concluimos pues que nuestra naturaleza es violenta ya que de no serlo podríamos claramente aplicar la teoría de la indiferencia, pero estando predispuestos a realizar actos violentos por acción o por reacción, es naturalmente dificil ser indiferentes a un estímulo externo que nos provoca violencia, sin importar que ésta sea física, psíquica o emocional.
Se me hace muy dificil entonces encontrar un elemento positivo para tener la esperanza que dejemos de actuar en función de nuestra propia extinción. Por naturaleza vamos a justificar siempre el uso de la violencia, será imposible evadirnos de ella, nunca podremos ignorarla, nunca llegaremos a ser indiferentes ante ella.
Siendo esto una triste comprobación empírica apelo a la inteligencia humana, a la ciencia y su uso pacífico, para determinar cursos de acción que nos dispongan a controlar la violencia inmanente que poseemos, debiendo estar ello en el primer orden de prioridades del ser humano, de lo contrario nos extinguiremos como especie.

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