CERTEZAS EN RUINAS

El arte de desconfiar de tu propia mente PRÓLOGO: La Trampa de Estar Seguro Usted sostiene este libro con la certeza de que sus manos son reales, de que el suelo bajo sus pies es firme y de que sus recuerdos son crónicas fieles del pasado. Permítame ser el primero en decirle: se equivoca. Lo que llamamos "realidad" no es más que una alucinación controlada, un borrador apresurado que nuestro cerebro edita en tiempo real para que podamos sobrevivir, no para que comprendamos la verdad. A lo largo de los años en Cerebro Diario , nos hemos dedicado a hurgar en las costuras de esa alucinación. Hemos descubierto que la memoria es una mentirosa profesional, que los sentidos son filtros defectuosos y que nuestra lógica es esclava de sesgos que ni siquiera sabemos que tenemos. Este libro no es una guía de autoayuda; es una demolición controlada. Al pasar estas páginas, verá cómo se evaporan las seguridades que le daban confort. No buscamos darle nuevas respuestas, sino dejarle con mejo...

Día 8. La mujer. I Parte.

Es inevitable el contacto con una. Se nace de una de ellas. Todo cambia cuando uno pasa de la infancia a la adolescencia porque de niño no hay mayores implicancias en la relación con una mujer, al menos si ella es de la misma edad que la de uno, por cuanto las otras, las más grandes pasan a ser o la madre, la abuela, la hermana o la tía de otro, sino simplemente "la vecina", no siendo eso relevante para uno.
El trato con la mujer de la misma edad, en la infancia claro, es simple, directo, sin segundas intenciones, sólo se nota que ellas no hacen pichí (orinar) en la calle, como sí podemos hacerlo nosotros y no nos preguntamos mucho al respecto; será porque no tienen gana ¿quien sabe?. Por lo demás las cosas son iguales y a veces, muchas más de las que nos acordamos, nos ganan en cualquier juego que emprendemos, pero no importa, nosotros seguimos siendo más fuertes físicamente que ellas, al menos no nos ponemos a llorar al primer golpe que recibimos, a lo sumo salimos corriendo, haciendo muecas de dolor y sufriendo para adentro, pero no lloramos. Eso nos hace más fuertes.
Cuando llegamos a la adolescencia... guauuuu. ¿Esa es la Julieta? No puede ser, si está buenísima y yo jugaba con ella como si fueramos amigos. No, esa no es, debe ser un familiar. Pero.... Noooooo. Es ella nomás. Que lo parió, que buena que está.
Entonces no nos arrimamos a la Julieta porque nos da miedo su físico, duplicando al nuestro que aún no le hemos avisado que es hombre y entonces no se ha desarrollado, avergonzándonos el muy mal parecido. Para colmo aparecen muchachos de más edad que se ponen a conversar con la Julieta. Pero de qué van a hablar si a la Juli le gustaba jugar conmigo. ¿Por qué no querrá más hablar conmigo la Juli? Y bueno, que se yo, a lo mejor soy chiquito para ella. Que se joda. Se pierde un amigo. Pero que la parió qué rica está la loca. Será que la tengo que mirar y nada más. A no, yo me masturbo en su honor.
Y así es como queda registrada la Julieta como nuestro primer amor, cuando en realidad fue con la que jugábamos de niño y a la que le dedicamos unas hermosas masturbaciones que no se nos olividarán nunca.

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