CERTEZAS EN RUINAS

El arte de desconfiar de tu propia mente PRÓLOGO: La Trampa de Estar Seguro Usted sostiene este libro con la certeza de que sus manos son reales, de que el suelo bajo sus pies es firme y de que sus recuerdos son crónicas fieles del pasado. Permítame ser el primero en decirle: se equivoca. Lo que llamamos "realidad" no es más que una alucinación controlada, un borrador apresurado que nuestro cerebro edita en tiempo real para que podamos sobrevivir, no para que comprendamos la verdad. A lo largo de los años en Cerebro Diario , nos hemos dedicado a hurgar en las costuras de esa alucinación. Hemos descubierto que la memoria es una mentirosa profesional, que los sentidos son filtros defectuosos y que nuestra lógica es esclava de sesgos que ni siquiera sabemos que tenemos. Este libro no es una guía de autoayuda; es una demolición controlada. Al pasar estas páginas, verá cómo se evaporan las seguridades que le daban confort. No buscamos darle nuevas respuestas, sino dejarle con mejo...

Día 35. El fugitivo.

El pasillo tenía una escalera que daba a los pisos superiores. Debajo de ella, en el hueco, había un aparador de madera que tenía un pequeño doble fondo en la pared que daba al frente del pasillo. Ese hueco tenía el espacio para que cupiera una persona adulta de tamaño medio.
Ahí, parado frente a ese aparador se encontraba Copra. Aleisandro Copra, "el fugitivo". El frío de la mañana lo tenía aterido, sin embargo transpiraba. Había trabajado mucho para colocar en ese doble fondo tres cuerpos.
Los ojos de ese hombre se habían iluminado por primera vez después de muchos años. No tenía lágrimas, pues estaba feliz. Tranquilamente feliz.
La agitación de la tarea le impidió refugiarse en sus pensamientos. Concluida, se dedicó a compaginar los cruzados sentimientos que locamente se disputaban la presencia en su cerebro. No sabía si podía pensar o simplemente sentir. No entendía el momento. Sólo lo vivía.
Ya no molestarían más a sus hijos, pero tampoco volvería a verlos. Los dejaba para siempre y los retenía en su piel. La muerte de esas tres personas hizo lo que nadie pudo, lo unió a sus hijos de la forma que la naturaleza lo hace con las madres. Experimentó en la muerte por él ocasionada a otros, la sensación que la vida le deja sentir a una mujer cuando sus hijos aparecen. Por ahí fue su pensamiento hasta que las piernas no pudieron con él.
Despertó y la noche invadía todo, pero la escena seguía intacta. Se incorporó, limpió como pudo su ropa y sin tocar nada se fue de esa casa. No había más nada que lo retuviera.
Seguiría siendo "el fugitivo". Así lo conocían todos, así era su vida.

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